"Allí
donde se comienza quemando libros, se termina quemando hombres" decía Heinrich Hein
En 1821, indicando cuán delgada puede ser la línea entre la
prohibición de un objeto, o sea, el libro y una acción, o sea, la
lectura y la vida misma del escritor y el lector.
Quizás
sea visto como natural el hecho que se prohíban ciertas lecturas a ciertas
edades, o en ciertos contextos, pero de ninguna manera puede ser visto como
inocuo cuando se flagelan los derechos básicos de un ser humano. Entonces, ¿por
qué no nos causa lo mismo una prohibición igual que la otra? ¿Por qué la vemos
a una inofensiva y a la otra no?
¿Qué es lo que se
puede escribir? ¿Qué es lo que se puede leer? son las preguntas que pensándose inofensivas,
definen el inventario de libros que pueden ocupar una estantería en una escuela
o en una biblioteca pública. Sin embargo, son las mismas que han definido el
destino de muchos escritores y millones de libros censurados por mandatos poderosos, por considerarlos inapropiados para el
pensamiento que han querido direccionar.
En
la historia de los libros, todo el tiempo se les han manipulado para el
servicio del poder, de manera que se ha incentivado la lectura de algunos y,
sobre todo, se han censurado aquellos que no le han acomodado a las clases dominantes,
parando su producción y difusión por completo.
Con
especial exigencia la literatura infantil ha sido sometida a juicios de valor: de lo que se debe escribir
en literatura infantil; hasta qué limite se le puede acercar temas de adultos a
los niños, porque no sabemos si están preparados o no para
tratar diversos temas, o si corresponde o no tratarlos. Sin embargo,
encontramos muchos cuentos destinados a tratar temas que pueden transformarse
en una verdadera incomodidad para los adultos, como el tema de la muerte o los
accidentes fatales, es el caso de
libros como Mi amigo el pintor que narra la historia de un niño que sufre la
pérdida de su amigo, que se ha suicidado; o La tristísima historia de las
cerillas, que narra cómo Paulina, la
niña protagonista, se incendia a raíz de jugar con fósforos, libros que
fácilmente pueden considerarse inapropiados para ciertas edades.
La censura se aplica cuando se considera que
las temáticas no son para niños o porque no conviene que lo que propone el escritor se difunda, aquí es
cuando se convierte en una herramienta de control político, desencadenando
durante los años de totalitarismo en el mundo la masificación de la
censura en los libros y en todos los
medios de expresión.
Al funcionar como
medio de aprendizaje y reflexión, la literatura compromete el pensamiento de
los niños, ampliando su mundo imaginario y desarrollando su pensamiento
creativo y reflexivo. Por esto, durante la dictadura en Argentina se censuraron
libros, se quemaron e hicieron desaparecer. Desde la televisión, las revistas,
periódicos y en la misma escuela se trasmitían las instrucciones a la
ciudadanía para detectar cualquier tipo de libros que no se condijera con el
régimen de entonces, expandiendo la idea de que ciertos libros no eran aptos
para leer, pues atentaban contra la nación y el desarrollo intelectual sobre
todo de los más jóvenes. Se llevó a cabo una masiva expropiación de libros en todo
el país, en cuanto a lectura, posesión y edición.
Entre
algunos de los textos literarios que fueron perjudicados por la represión
intelectual, podemos nombrar a “La torre
de Cubos”, de Laura Devetach; “Un elefante ocupa mucho espacio”, de Elsa
Bornemann; “El pueblo que no quería ser gris” de Beatriz Doumerc, “La
ultrabomba” de Mario Lodi y muchos más. Los cuales fueron prohibidos debido a
su contenido crítico y cuyos autores sufrieron la injusticia militar, fueron
censurados y no pudieron volver a editar hasta terminada la dictadura en su
país.
En Chile, durante la
dictadura, se acabó con la producción total de la editorial Quimantú, que se
encargaba de difundir la literatura y acercarla a la población más pobre. La
dictadura en nuestro país estableció y naturalizó la censura, en todos los
medios de expresión social, en la radio, la televisión y las editoriales de prensa
y literatura se ha mantenido hasta los días de hoy una misma línea de
pensamiento.